Instrucciones para ponerse una bufanda
Lo bueno del frío, es la posibilidad de "acurruco", la esperanza de la nieve, y la sensación de "hogar". Disfrutamos más de nuestra casa, y de nuestra cama, de nuestro sofá y de la manta (por no hablar del reproductor del DVD) cuando afuera hace frío. Miramos por la ventana, ligeramente entelada por la diferencia de temperatura, y observamos la quietud típica del frío, eso, que parece que hasta las estrellas se hayan congelado... y como me decía de pequeña mi padre: Hace tanto frío que hasta los pájaros llevan bufanda.
Y así he crecido un poco yo, mirando hacia arriba los días de frío, esperando ver, aunque solo fuera por un instante, algún gorrioncillo con la bufanda puesta, con colores chillones y manoplas a juego.
Y secretamente me preguntaba, que si la mamá del gorrioncillo habría hecho como la mía y le habría cosido una etiquetita de tela blanca con su nombre "Pardalet Jimenez. 4º Arbol del Parque, La Rama Grande, 1er nido"
Catálogo
En mi catálogo de haberes y habidos, hay un nutrido abanico de seres extraños. Últimamente estoy de suerte porque he retomado contacto con alguno de ellos. Y no es por que se hubieran extraviado, porque de un modo u otro siempre he sabido donde localizarlos. Pero ya se sabe, unas veces por pereza, otras por desidia, y lo vas dejado correr y pasar...
Uno me vino en forma de email, iba acompañado de muchas mujeres, pero me decía, entre lineas, que siempre tenía un huequito dedicado y reservado para mi. Lo cual no puede hacer si no que sonrojarme.
El otro me llegó vía auditiva. En un CD de tamaño estandard, en cajita de plástico, y con 20 canciones. Tengo que pensar, y me gusta pensarlo, que todas fueron escogidas a conciencia, una tras otra, con su sufrida coña detrás de cada título y de cada estrofa. Y yo tan encantada cuando escuché "LLameme de usted, porque soy mejor que tú".
En fín, que a una se le infla el corazoncito (y el ego) cuando se encuentra con semejantes presentes.
En mi catálogo de haberes y habidos tengo que apuntar como no, una gata resfriada, y una floreta dormilona, que me ronca en el sofá y me prepara crepes con chocolate.
Que bonito!
Pekín, China.
El periodista de la televisión estaba tapado hasta las orejas, con la cara blanca y fina que queda cuando pasas muchas horas a la intemperie, pasando frío, con el culo al aire, como diría mi abuela. De fondo se veía una gran plaza, y una nieve que caía copiosamente, pero con ese efecto a camara lenta que tiene la nieve cuando cae. Debajo, en una esquinita de la pantalla se podía leer: Pekín, China.
Y es que mientras te tapas con la manta en el sofá y te tomas un vaso de leche calentito, no hay nada más mágico de ver que una escena de Pekín bajo la nieve.
Boleros
Su madre en un acto de despecho por el mundo en general le puso de nombre Olvido. Creció siendo una niña singular, de nombre extraño, mirada triste e intento de sonrisa un tanto marchito. Aún así, fue de aquellas que jugó con muñecas y le sacaba la lengua a los niños. Cuando fue adolescente, tuvo parejas regulares e irregulares, practicó sexo seguro e inseguro a ratos, alcanzó el orgasmo una media aceptable de veces, le rompieron el corazón un par de veces hasta los veintitantos, pero en ningún momento se podría considerar que tenía más cicatrices que las de alguien normal y corriente.
No obstante, poco a poco, ella se fue confundiendo con su nombre y su nombre con ella. En algún momento difuso empezó a frecuentar sola los restaurantes, a ir al cine sola y ver la película aislada del resto de las personas de la sala. Empezó a fundirse con la gente en el metro y a veces era imposible distinguirla dentro de los vagones. Te parecía haberla visto, con el rabillo del ojo pero si la intentabas ubicar concretamente no recordabas exactamente la posición en la que te pareció verla.
Empezó a asustarse cuando le costó reconocerse en el espejo. Como si esa mañana otra persona se hubiera levantado en su cama y hubiera usado el baño. Y se asustó al tener ese sentimiento de intrusión, y casi se escondió tras las cortinas de la bañera.
Con el tiempo, dejaron de llegarle cartas, ni tan siquiera le llegaban las facturas de teléfono y del gas. Con el tiempo el casero dejó de llamar a su puerta para cobrar el alquiler. Y del mismo modo, la editorial para la que trabajaba dejó de pagarle por sus traducciones y dejó de enviarle textos con los que trabajar.
Le habían trasladado el pequeño colmado de la esquina en el que siempre compraba, y no encontró nada similar en el barrio que satisficiera sus necesidades. En las otras tiendas en las que entraba los cajeros siempre le miraban con recelo, y cuando les preguntaba por el estante de la mermelada nunca le contestaban.
Un día, en el autobús sonrió a un chico que tenía sentado delante. Y no pasó absolutamente nada. El chico siguió con la mirada fija, en algún punto justo exactamente detrás de su cogote, de manera que Olvido sintió que era transparente i fina como un papel de fumar y que realmente no estaba sentada en esa silla, y que nunca había cogido ese autobús.
Empezó a pensar que se había olvidado en algún momento de despertarse y salir a la calle. Pero era incapaz de ubicar temporalmente el momento en que empezó esa sensación.