martes, noviembre 29, 2005

y un día...

y un día el peso de la cultura cayó sobre Celia.
Y murió aplastada, al quedar completamente sepultada por la sección de historia del arte de la Biblioteca Nacional.

Aprovecharon la madera de los estantes para construirle un ataud.
En su epitafio rezaba: "Los libros le mostraron el camino a un mundo mejor".

domingo, noviembre 20, 2005

la (no)magia

Lo bueno y maravilloso (lo fantástico) del cine es la capacidad de crear espacios y lugares inexistentes. No me refiero a la posibilidad de construir un escenario en un hangar y recrear una ciudad o un bosque, ni a unas máquinas renderizando una Roma de la época de Adriano.

Me refiero a la capacidad concreta de crear un lugar a base de retales de lugares que están distantes. El ejemplo lo ponía hace pocos días Jaume Balagueró al explicar que los interiores del hospital de su película están rodados en un hospital de Manresa, que las imágenes exteriores de ese mismo hospital resulta que son tomadas de un College escocés (o inglés) y otros espacios más que ahora no puedo recordar estaban grabados en otro sitio completamente distinto. Esto, una vez realizado en montaje pasa desapercibido a nuestros ojos y lo absorbemos como si fuera todo un único espacio o lugar, abrazados por la magia.

¿Pero que pasa cuando alguno de estos lugares escogidos para mostrar una faceta determinada de una historia nos es conocido? O mejor dicho, lo reconocemos. Entonces nos queda una sensación rara en el cuerpo, un deja vu, un ardor. Ese sitio nos suena, y ese, y ese. Pero no sólo eso, no es que hayamos pasado por él alguna vez, si no que está justo al lado de casa, o tu abuela vive en ese sitio...

Algo así es lo que pasa cuando vemos The Machinist. Y reconocemos el Prat. Como espacio cutre, industrial, un suburbio, con momentos de luz brillante y luz plateada. Una ciudad gris. El polideportivo. La escultura de la Capsa. El depósito de las aguas. San Cosme City, ciudad sin ley. El polígono industrial Mas Blau. El túnel de llegada a la playa...todo maquillado con matrículas americanas, banderitas, semáforos colgados en medio de la calzada al estilo yanque, coches americanos...

y llegamos a la conclusión de que en el cine todo es mentira.
Y a la mierda la magia.

jueves, noviembre 17, 2005

Viaje a Japon

lo sabíais
lo estábais esperando
y ya está aquí
empezad a ahorrar que pica

martes, noviembre 01, 2005

arquitecturas de la velocidad I

Cuando era pequeña mi familia formaba parte de aquellas familias que dedicaban su domingo al concepto de “dominguero”. Nos metíamos en el coche, con la esperanza de llegar algún día a una explanada entre pinos cerca de Castelldefels. Llevábamos el coche repleto de fiambreras de tortillas de patatas y carne rebozada, tomates y pepinos para montar una ensalada “casual”, botellas de dos litros de fanta y cocacola sincafeina, latas de cerveza para los mayores, alguna pelota de plástico, mantitas para tumbarnos en el suelo. Nos pasábamos horas en el trayecto Prat-Castelldefels, metidos en un Talbot Horizont (coche que creo que sólo mis padres llegaron a comprar) entre una mezcolanza de olores a comida frita enfriándose y a campos de cultivo a nuestro alrededor.
Recuerdo el camino con algo de claridad, recuerdo por ejemplo pasar por un cuartel militar, y distinguir a veces soldados soñolientos dentro de las garitas de vigilancia, recuerdo pasar por delante de cementerios de coches y que mi hermano pequeño y yo mirábamos asombrados los amasijos de hierro retorcido que sobresalían de los muros, recuerdo el olor asqueroso que salía de esos coches, como si fueran cadáveres en descomposición, y cómo nos teníamos que dar prisa en darle a la manivela para levantar las ventanas e impedir que el coche se llenara de aquel olor, así nos veíamos otra vez envueltos en el olor a tortilla de patatas. Recuerdo pasar por los diferentes campings, la Ballena Alegre, el Toro Bravo, y como mi hermano y yo fantaseábamos con un futuro mejor de roulottes y caravanas y no ese coche gris metalizado que tan poco nos gustaba.
Recuerdo a duras penas la caravana de coches final antes de llegar a esa explanada conocida familiarmente como “La Colonia”, y como de repente, salíamos de la carretera y nos metíamos en un camino de tierra que unos metros más adelante estaba cerrado por una cadena y un cartel de prohibido el paso. En esa frontera nos encontrábamos los coches de familiares y amigos de mis padres. El dos-caballos de mi tío, cosa que auguraba tres primos hiperactivos para pasar el domingo, un ford con una pegatina de un pato, de unos amigos de mis padres, un coche que no recuerdo la marca pero sí como me fascinaba todo el entuerto de hierros cerca del volante para compensar la discapacidad física del conductor, y la imposibilidad física, de éste, de poder pisar los pedales, era el coche del Jero, tío por adopción de todos los primos, y benefactor las noches de san Juan al suministrarnos petardos y cohetes a pesar de las reticencias de todos los padres que podríamos conocer por aquellos entonces.
(continuará)