replica a mi prima albricias
Cuando tenía catorce años yo no quería novios.
Cuando tenía quince me etiquetaron de lesbiana por no tener ...un novio.
A los 17 años, conocí a un chico, con unos gustos similares a los míos, divertido, gracioso, nos queríamos y éramos felices. Pero luego entré a la universidad, la arquitectura me anuló la vida social, el estrés me despistó, y mi novio decidió buscarse a otra que le hiciera más caso. A mi esto me pilló por sorpresa, como siempre.
Me deprimí y me dediqué a la literatura. También me dio por internet y los chats, luego me aburrí y descubrí que el mundo estaba lleno de enfermos. Fue la época felizmente bautizada como “Mariposa”. Siempre saltando de capullo en capullo.
Juntamente con una amiga nos inventamos una máxima para poder establecer un criterio de selección. Preguntar si se había leído El Quijote. Ya ves que soberbia, porque ninguna de las dos nos lo habíamos leído. Pero así, al menos, si la conversación fallaba, siempre me podría explicar de que iba.
A los 22 conocí al poeta, tan profundo, tan apasionado, tan loco, tan emocional. Y además, se había leído el Quijote. Aquello fue lo más, nos pasábamos el día teorizando sobre el amor, los sentimientos, el dolor, e intercambiando libros. Pero mis inseguridades y su necesidad de estar siempre en el centro del mundo resultaron ser absolutamente incompatibles. Y él se buscó a una (en realidad a unas cuantas) que le lamiera la suela del zapato, que alabara todo lo que realizaba, le riera todas las gracias, y le hiciera saber que sólo él era el centro del mundo. (Cosa que por lo visto yo no realizaba con suficiente énfasis). A mí, como siempre, todo esto me pilló por sorpresa.
Me super deprimí. Fanteseé con el suicidio. Los antidepresivos aparecieron en mi vida. Y las pastillas para dormir. Y los ansiolíticos. Escribía versos como estos “Tomo pastillas para no llorar. Tomo pastillas para dormir. Tomo pastillas para ser feliz. Mi vida está inundada de química. Y sin embargo, te sigo queriendo”. Tan patéticos como malos.
Los versos exaltados me sirvieron para acelerar el proceso de superación. (O eso o la química, vete a saber). Y empecé a conocer a gente sorprendentemente más agradables y menos narcisistas. Curiosamente entonces mi poeta me acusó de no haberle sabido “esperar el tiempo suficiente" y de "sentirse sumamente defraudado por mi”.
Entonces lo mandé todo a la mierda, y tuve mi época Beat. Bebida, alcohol y drogas. Regresé al efecto mariposa, evité a los excesivamente narcisistas, conocí a mi amor platónico y me creé una reputación pésima. Llegados a este extremo, me aburrí de mi misma.
Me busqué un estudio en Barcelona, me dediqué al trabajo, evité todo contacto con el género masculino. Entonces sin quererlo encontré a mi flor. Que no era poeta, pero tenía una vida de poema, no era celoso, ni narcisista, le divertían mis anécdotas de mariposa, devoraba mi librería sin necesidad de teorizar sobre ella y no tenía (ni tiene) reparos en prepararme mi leche calentita con nesquick por las mañanas.
Y las mañanas son más bonitas, y las noches más cálidas. Y adoro las pequeñas cosas, como los petit-suise blancos, las piruletas y mi Maula.


